Hay dos áreas principales, una
denominada Inmortalidad de la célula maligna.
La otra cubre la multiplicidad de genes que
intervienen en el desarrollo del proceso tumoral.
En cuanto a la inmortalidad
de la célula maligna, hay evidencia,
revelada hace algunos años, de que una célula
que se desprende del tumor primitivo y se aloja en otro
sitio del organismo puede permanecer oculta largos años,
conservando su vitalidad, debido a dos factores. Uno
es que las células malignas tienen su propio
suministro sanguíneo, debido a la formación
de vasos capilares. Y el otro factor es la propiedad
de la célula tumoral de producir una enzima llamada
telomerasa que autoabastece su nutrición por
tiempo indeterminado.
Por esta circunstancia, puede ocurrir que estas células
malignas permanezcan en latencia por largos años,
hasta que por causas imprevisibles en un momento dado
comiencen a multiplicarse y a dar origen a un nuevo
crecimiento, llamado metástasis. Los investigadores
de varios países están concentrados actualmente
en combatir este proceso de inmortalidad de la célula
cancerosa.
La segunda área científica
relacionada a la biogenética
encuentra fundamento en que cada año se descubren
nuevos genes malignos u oncogenes (es un ADN
alterado que pierde el control de la multiplicación
de las células) que supera actualmente el número
de 100 y tiene la propiedad de ser la causa de múltiples
tumores malignos.
El problema de poder detectar estos
oncogenes está siendo abordado con técnicas
especiales que permiten identificarlos, en algunos casos,
en la sangre circulante periférica del individuo,
lo que permite orientar sobre el riesgo de una existente
o futura enfermedad tumoral.
Con estos hallazgos genéticos,
se crea un gran conflicto científico y social,
porque no ha podido encontrarse un procedimiento seguro
de neutralizar estos oncogenes. Es un verdadero desafío
que tiene la ciencia del siglo XXI.